13 oct. 2017

La casa de la colina




              Iba caminando al atardecer por el sendero boscoso,
miríadas de partículas luminosas estallaban en el aire;
mi ser parecía vacilar entre dos estados metafísicos;
traté de volver sobre mis pasos a la casa de la colina,
donde está el cofre sugerente en que se guardan los suspiros;
siempre estoy alejándome de allí, con retortijones en el alma;
traté de volver, adelante no veía suficientes consistencias;
recuerdo la figura de quien me indujera
a emprender el paseo,  pero no distingo su rostro,
solamente sus cabellos muy largos y canosos y su voz
como salida de un delirio; trato de regresar entre tornasoles,
me hubiese gustado averiguar la naturaleza del sendero,
pues mis piernas no me obedecen, bisbiseos se escuchan;
se aferra a mi memoria una habitación conocida,
en cada árbol hay subida alguna persona atisbándome;
más allá del bosque se vislumbra un campo florido y muy soleado;
intento llegar a él, pero sigo en línea recta por la húmeda senda;
hubo días de felicidad en la casa de la colina, gestos amables;
reverberaciones distorsionan las imágenes,
los brazos de los arbóreos se alargan y tratan de tocarme;
quiero reflexionar, pero las hojas secas huyen hacia el campo;
entre las personas de los árboles vi a quien me indujera
a emprender esta caminata, sus cabellos llegaban hasta el suelo;
¡fuiste tú!, le grité; entonces un rostro se pintó en su cara;
el suelo bajo mis pies cedió y me fui deslizando por una pendiente;
la casa de la colina se veía no lejos, con su felicidad evanescente,
con su cofre de siete candados, que quién sabe qué contiene;
avancé hacia la casa, mis pasos estaban frenados;
pero tenía la certeza de un cercano desciframiento,
me hubiese gustado que ese día no ululara tanto el viento;
cuando entré recuperé mis fuerzas, no dejaba de asombrarme
la identidad del canoso individuo de cabellos tan largos.



































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