domingo, 28 de febrero de 2016

Cementerio Ntra sra del Sagrario


No es, ni mucho menos, el Père-Lachaise de París, ni tampoco posee la extensión de la Almudena. Su antigüedad no es precisamente centenaria, no acumula excesivas particularidades ni descansan en él figuras célebres como Karl Marx o Jim Morrison, cuyas tumbas han hecho famosos e incluso turísticamente rentables a los grandes cementerios de Londres y la capital francesa. No obstante, el pequeño cementerio municipal de Nuestra Señora del Sagrario de Toledo, diseñado por el arquitecto Juan García Ramírez a finales del siglo XIX, conserva entre sus criptas y pequeños panteones algunas construcciones dignas de mención. 
El más temprano de ellos, de 1814 e irrealizado, fue obra de Miguel Antonio de Marichalar, discípulo de Ignacio Haan y uno de los primeros arquitectos toledanos como Leonardo Clemente titulados por la Real Academia de San Fernando en el siglo XIX.
Proyecto irrealizado de Miguel Antonio de Marichalar para la construcción del primer cementerio municipal de Toledo en el sitio de la Vega. 1814
No vamos a entrar aquí en los diferentes procesos legislativo, sanitario, arquitectónico y social que llevaban motivando desde el siglo XVIII la desaparición de los camposantos parroquiales y la progresiva configuración de los cementerios municipales. Nuestro punto de partida, por tanto, será el 8 de septiembre de 1893, fecha en que se produjo la inauguración del cementerio de Nuestra Señora del Sagrario, origen de una reducida pero sin duda interesante colección de arquitectura historicista que ha llegado hasta nosotros en forma de panteones.
Estas construcciones, explicaba en 2011 en La Tribuna el propio Rafael del Cerro, eran obra de familias adineradas que trataron de singularizar su estatus social a través de estos monumentos funerarios. Panteones como los de la familia Presa Cabareda permiten además completar el escaso catálogo de arquitectura neogótica en una ciudad que tomó partido principalmente por el mudéjar durante la reformulación historicista de finales del siglo XIX. A excepción de edificios como el Hotel Castilla hoy Tesorería General de la Seguridad Social, en la Plaza de San Agustín, y fachadas como la que se conserva en la Plaza del Consistorio, en un lateral del Ayuntamiento, pocas manifestaciones más de este lenguaje podemos encontrar en la ciudad, salvo obras menores en el interior de abundantes patios y manifestaciones de carpintería para obras litúrgicas.
A continuación mostramos varios ejemplos bien diferenciados. El primero es otro panteón de estilo neogótico, el de la familia González y Pérez, prácticamente idéntico en comparación con el de los Presa Cabareda. En la sección podéis apreciar el modo en que se repartían las sepulturas, en el interior de los muros y bajo el altar. El artífice de los diseños fue Ezequiel Martín y Martín, arquitecto provincial de larga trayectoria y corresponsable, con Ortiz de Villajos, del palacio de la Diputación Provincial a finales del XIX.
Este arquitecto, responsable de la reforma del Café del Español de la Plaza de Zocodover, entre numerosos proyectos que abarcan todo el primer tercio del siglo XX desconozco si hay algún estudio sobre él, y aprovecho para recomendarlo—, diseñó otros muchos panteones toledanos, como el de la familia Esquivel Minaya también mostrado en el artículo de Rafael del Cerro Malagón) y este otro, cuyos propietarios desconozco. A continuación van otros dos panteones más que son muy semejantes entre sí y que cuentan con pirámides truncadas como principal elemento de articulación. Están realizados en granito casi por completo y poseen detalles decorativos como grandes acróteras y esquemáticos capiteles corintios. Uno es el panteón de Juan García-Ramírez y María de la Asunción de la Cabareda, donado a las religiosas Hijas de María. Otro, timbrado con el escudo del cardenal Silíceo, que impulsó su construcción en el siglo XVI, es el panteón del Colegio de Doncellas Nobles 1907, edificio desgraciadamente poco conocido en Toledo a pesar de albergar importantes dependencias de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. He dejado para el final el panteón de la familia de L. del Valle, uno de los más desarrollados de todo el cementerio toledano. Su modelo, aunque un tanto turbio, conecta con los esquemas palladianos a través del acceso clásico y de la media naranja. El pórtico, un tetrástilo de cuatro columnas corintias con fuste de doble estría, más dos hornacinas con esculturas en el interior, resulta muy completo. Posee elevado friso con inscripción que circunda el conjunto, frontón con acróteras y la representación de un herma alado en el interior. Desconozco quién fue «L. del Valle». Sin duda un banquero o comerciante, debido a la particular semántica de todo el conjunto: la figura que remata el frontón no es un ángel, sino Mercurio que luce sobre la cabeza el petaso o sombrero alado, y en los capiteles se ha sustituido la flor del ábaco por caduceos. Ambos son símbolos de las relaciones comerciales. Podríamos continuar analizando el pórtico de acceso y la capilla principal, el monumento a los Caídos de la Guerra Civil una cruz de calvario sobre una pirámide








































































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